domingo, 18 de febrero de 2018

escribir es divertido.

Me pidio mi tallerista que escribiera como si fueran musicas (rock, heavy, cumbia):
Me hubiera encantado escribir unos poemas como si fueran cumbia.
                     
                          "cumbia, cumbia, cumbia de la buena"

pero no me salió. Asi que fui por los clásicos: un bolero y un tango. Y ambos tienen el tema de la ruptura: uno de una que no puede olvidar  y otra de una que se olvida.

 use los recursos clasicos: en el bolero, la exageración y la mentira. En el tango, la nostalgia
Tambien voy a poner un bolero y un tango de verdad, para que si vienen gente de Rusia  (ponele, mis estadisticas siempre hablan de que entran rusos) sepan de que estoy hablando.








El bolero del olvido

Ay, qué mal te salió
 arrasarme, amor,
a  tu mar de olvidos,

Si  siento  aún
 impregnado en mi ropa
 el olor de tu piel morena
mientras susurrabas el último adiós.
Le  podrás jurar a ella
que yo no era nada;
a los otros, a ti mismo
 pero en las noches cuando pica el vino
mi  persistencia de fantasma te envolverá
mas que el perfume barato de Avon
de esa mujer que se dice tuya.
Maldito seas,  no podrás lavarte mi recuerdo
a la hora del amor.

Pisoteaste mi ilusión
como botella de agua mineral compactada.

Ahora la lluvia repica en el alfeizar
de la ventana de tu oficina
y rememorarás aquella tormenta
 donde me jurabas cosas.
preguntándote si yo te olvidé.
Recorreré el mundo mandándote selfies
 desnuda en otros brazos
como en aquel cuento de Onetti
que nunca te llegué a contar


El tango del olvido

En este  mediodía
se empieza a caer derretida tu memoria
 junto a otras cosas abaratadas.

Sos el empapelado viejo de gobelinos
en un comedor que se abre al  sol
para pintarlo a nuevo.
Un  trasto  más .Te me estás yendo
a raudales. Tu  voz ya se escurrió volando,
un canario al que le abrí la puerta
harta de poner diarios para tener la jaula limpia.

Ya siento más libertad hasta en los huesos,
me saqué un muerto de encima
Puta que tardé tiempo
para  dejarme de amañar con tu presencia.
Ahora que te fuiste, se me vuelve
el corazón torcaza
y este cielo mío se abre

como después de una tormenta.

viernes, 16 de febrero de 2018

el cuento mas cruel del mundo: Rubem Fonseca

sigo cantando El sensei.
E incluso lo he colgado en el facebook familiar. Me van a criticar, porque la gorda pone canciones fumancheras (yo, que ni fumo tabaco, ni bebo cerveza) : las canciones deberían ser como los cuentos
Uno no les exige que sean eticamente correctos.Los disfruta así como viene, con sus crimenes impunes, con su "salto de la fila de los asesinos", para ser escritas.

Lo mismo debería pasar con las canciones. Acaso las niñas no bailan reguetones donde a las mujeres se las trata como carne cruda? Acaso yo no puedo estar obsesionada cantando El Sensei, que ni siquiera está de moda? Dejenme en paz.

A los cuentos no se les pide ética. Por eso, para mis amigos del blog, el cuento mas cruel que leí en mi vida (empata con El Patron, de Aberlardo Castillo)
Rubem Fonseca,



Feliz año nuevo


Vi en la televisión que los comercios buenos estaban vendiendo como locos ropas caras para que las madames vistan en el reveillon. Vi también que las casas de artículos finos para comer y beber habían vendido todas las existencias.
Pereba, voy a tener que esperar que amanezca y levantar aguardiente, gallina muerta y farofa de los macumberos*.
Pereba entró en el baño y dijo, qué hedor.
Vete a mear a otra parte, estoy sin agua.
Pereba salió y fue a mear a la escalera.
¿Dónde afanaste la TV?, preguntó Pereba.
No afané ni madres. La compré. Tiene el recibo encima. ¡Ah, Pereba!, ¿piensas que soy tan bruto como para tener algo robado en mi cuchitril?
Estoy muriéndome de hambre, dijo Pereba.
Por la mañana llenaremos la barriga con los desechos de los babalaos*, dije, sólo por joder.
No cuentes conmigo, dijo Pereba. ¿Te acuerdas de Crispín? Dio un pellizco en una macumba aquí, en la Borges Madeiros, le quedó la pierna negra, se la cortaron en el Miguel Couto y ahí está, jodidísimo, caminando con muletas.
Pereba siempre ha sido supersticioso. Yo no. Hice la secundaria, se leer, escribir y hacer raíz cuadrada. Me cago en la macumba que me da la gana.
Encendimos unos porros y nos quedamos viendo la telenovela. Mierda. Cambiamos de canal, a un bang-bang. Otra mierda.
Las madames están todas con ropa nueva, van a entrar al año nuevo bailando con los brazos en alto, ¿ya viste cómo bailan las blancuchas? Levantan los brazos en alto, creo que para enseñar el sobaco, lo que quieren enseñar realmente es el coño pero no tienen cojones y enseñan el sobaco. Todas le ponen los cuernos a los maridos. ¿Sabías que su vida está en dar el coño por ahí?
Lástima que no nos lo dan a nosotros, dijo Pereba. Hablaba despacio, tranquilo, cansado, enfermo.
Pereba, no tienes dientes, eres bizco, negro y pobre, ¿crees que las mujeres te lo van a dar? Ah, Pereba, lo mejor para ti es hacerte una puñeta. Cierra los ojos y dale.
¡Yo quería ser rico, salir de la mierda en que estaba metido! Tanta gente rica y yo jodido.
Zequinha entró en la sala, vio a Pereba masturbándose y dijo, ¿qué es eso, Pereba?
¡Se arrugó, se arrugó, así no se puede!, dijo Pereba.
¿Por qué no fuiste al baño a jalártela?, dijo Zequinha.
En el baño hay un hedor insoportable, dijo Pereba.
Estoy sin agua.
¿Las mujeres esas del conjunto ya no están jodiendo?, preguntó Zequinha.
Él estaba cortejando a una rubia excelente, con vestido de baile y llena de joyas.
Ella estaba desnuda, dijo Pereba.
Ya veo que están en la mierda, dijo Zequinha.
Quiere comer los restos de Iemanjá, dijo Pereba.
Era una broma, dije. A fin de cuentas, Zequinha y yo habíamos asaltado un supermercado en Leblon, no había dado mucha pasta, pero pasamos mucho tiempo en São Paulo en medio de la bazofia, bebiendo y jodiendo mujeres. Nos respetábamos.
A decir verdad tampoco ando con buena suerte, dijo Zequinha. La cosa está dura. Los del orden no están bromeando, ¿viste lo que hicieron con el Buen Criollo? Dieciséis tiros en la chola. Cogieron a Vevé y lo estrangularon. El Minhoca, ¡carajo! ¡El Minhoca! Crecimos juntos en Caxias, el tipo era tan miope que no veía de aquí a allí, y también medio tartamudo —lo cogieron y lo arrojaron al Guandú, todo reventado.
Fue peor con el Tripié. Lo quemaron. Lo frieron como tocino. Los del orden no están dando facilidades, dijo Pereba. Y pollo de macumba no me lo como.
Ya verán pasado mañana.
¿Qué vamos a ver?
Sólo estoy esperando que llegue el Lambreta de São Paulo.
¡Carajo!, ¿estás trabajando con el Lambreta?, dijo Zequinha.
Todas sus herramientas están aquí.
¿Aquí?, dijo Zequinha. Estás loco.
Reí.
¿Qué fierros tienes?, preguntó Zequinha.
Una Thompson lata de guayabada, una carabina doce, de cañón cortado y dos Magnum.
¡Puta madre!, dijo Zequinha. ¿Y ustedes jalándosela sentados en ese moco de pavo?
Esperando que amanezca para comer farofa de macumba, dijo Pereba. Tendría éxito en la TV hablando de aquella forma, mataría de risa a la gente.
Fumamos. Vaciamos un pitú.
¿Puedo ver el material?, dijo Zequinha.
Bajamos por la escalera, el ascensor no funcionaba y fuimos al departamento de doña Candinha. Llamamos. La vieja abrió la puerta.
¿Ya llegó el Lambreta?, dijo la vieja negra.
Ya, dije, está allá arriba.
La vieja trajo el paquete, caminando con esfuerzo. Era demasiado peso para ella. Cuidado, hijos míos, dijo.
Subimos por la escalera y volvimos a mi departamento. Abrí el paquete. Armé primero la lata de guayabada y se la pasé a Zequinha para que la sujetase. Me amarro en esta máquina, tarratátátátá, dijo Zequinha.
Es antigua pero no falla, dije.
Zequinha cogió la Magnum. Formidable, dijo. Después aseguró la Doce, colocó la culata en el hombro y dijo: aún doy un tiro con esta hermosura en el pecho de un tira, muy de cerca, ya sabes cómo, para aventar al puto de espaldas a la pared y dejarlo pegado allí.
Pusimos todo sobre la mesa y nos quedamos mirando.
Fumamos un poco más.
¿Cuándo usarán el material?, dijo Zequinha.
El día 2. Vamos a reventar un banco en la Penha. El Lambreta quiere hacer el primer golpe del año.
Es un tipo vanidoso pero vale. Ha trabajado en São Paulo, Curitiba, Florianópolis, Porto Alegre, Vitoria, Niteroi, sin contar Rio. Más de treinta bancos.
Sí, pero dicen que pone el culo, dijo Zequinha.
No sé si lo pone, ni tengo valor para preguntar. Nunca me vino a mí con frescuras.
¿Ya lo has visto con alguna mujer?, dijo Zequinha.
No, nunca. Bueno, puede ser verdad, pero ¿qué importa?
Los hombres no deben poner el culo. Menos aún un tipo importante como el Lambreta, dijo Zequinha.
Un tipo importante hace lo que quiere, dije.
Es verdad, dijo Zequinha.
Nos quedamos callados, fumando.
Los fierros en la mano y nada, dijo Zequinha.
El material es del Lambreta. ¿Y dónde lo usaríamos a estas horas?
Zequinha chupó aire, fingiendo que tenía cosas entre los dientes. Creó que él también tenía hambre.
Estaba pensando que invadiéramos una casa estupenda que esté dando una fiesta. El mujerío está lleno de joyas y tengo un tipo que compra todo lo que le llevo. Y los barbones tienen las carteras llenas de billetes. ¿Sabes que tiene un anillo que vale cinco grandes y un collar de quince, en esa covacha que conozco? Paga en el acto.
Se acabó el tabaco. También el aguardiente. Comenzó a llover.
Se fue al carajo tu farofa, dijo Pereba.
¿Qué casa? ¿Tienes alguna a la vista?
No, pero está lleno de casas de ricos por ahí. Robamos un carro y salimos a buscar.
Coloqué la lata de guayabada en una bolsa de compra, junto con la munición. Di una Magnum al Pereba, otra al Zequinha. Enfundé la carabina en el cinto, el cañón hacia abajo y me puse una gabardina. Cogí tres medias de mujer y una tijera. Vamos, dije.
Robamos un Opala. Seguimos hacia San Conrado. Pasamos varías casas que no nos interesaron, o estaban muy cerca de la calle o tenían demasiada gente. Hasta que encontramos el lugar perfecto. Tenía a la entrada un jardín grande y la casa quedaba al fondo, aislada. Oíamos barullo de música de carnaval, pero pocas voces cantando. Nos pusimos las medias en la cara. Corté con la tijera los agujeros de los ojos. Entramos por la puerta principal.
Estaban bebiendo y bailando en un salón cuando nos vieron.
Es un asalto, grité bien alto, para ahogar el sonido del tocadiscos. Si se están quietos nadie saldrá lastimado. ¡Tú. Apaga ese coñazo de tocadiscos!
Pereba y Zequinha fueron a buscar a los empleados y volvieron con tres camareros y dos cocineras. Todo el mundo tumbado, dije.
Conté. Eran veinticinco personas. Todos tumbados en silencio, quietos como si no estuvieran siendo registrados ni viendo nada.
¿Hay alguien más en la casa?, pregunté.
Mi madre. Está arriba, en el cuarto. Es una señora enferma, dijo una mujer emperifollada, con vestido rojo largo. Debía ser la dueña de la casa.
¿Niños?
Están en Cabo Frío, con los tíos.
Gonçalves, vete arriba con la gordita y trae a su madre.
¿Gonçalves?, dijo Pereba.
Eres tú mismo ¿Ya no sabes cuál es tu nombre, bruto?
Pereba cogió a la mujer y subió la escalera.
Inocencio, amarra a los barbones.
Zequinha ató a los tipos utilizando cintos, cordones de cortinas, cordones de teléfono, todo lo que encontró.
Registramos a los sujetos. Muy poca pasta. Estaban los cabrones llenos de tarjetas de crédito y talonarios de cheques. Los relojes eran buenos, de oro y platino. Arrancamos las joyas a las mujeres. Un pellizco en oro y brillantes. Pusimos todo en la bolsa.
Pereba bajó la escalera solo.
¿Dónde están las mujeres?, dije.
Se encabritaron y tuve que poner orden.
Subí. La gordita estaba en la cama, las ropas rasgadas, la lengua fuera. Muertecita. ¿Para qué se hizo la remolona y no lo dio enseguida? Pereba estaba necesitado. Además de jodida, mal pagada. Limpié las joyas. La vieja estaba en el pasillo, caída en el suelo. También había estirado la pata. Toda peinada, con aquel pelazo armado, teñido de rubio, ropa nueva, rostro arrugado, esperando el nuevo año, pero estaba ya más para allá que para acá. Creo que murió del susto. Arranqué los collares, broches y anillos. Tenía un anillo que no salía. Con asco, mojé con saliva el dedo de la vieja, pero incluso así no salía. Me encabroné y le di una dentellada, arrancándole el dedo. Metí todo dentro de un almohadón. El cuarto de la gordita tenía las paredes forradas de cuero. La bañera era un agujero cuadrado, grande de mármol blanco, encajado en el suelo. La pared toda de espejos. Todo perfumado. Volví al cuarto, empujé a la gordita para el suelo, coloqué la colcha de satén de la cama con cuidado, quedó lisa, brillando. Me bajé el pantalón y cagué sobre la colcha. Fue un alivio, muy justo. Después me limpié el culo con la colcha, me subí los pantalones y bajé.
Vamos a comer, dije, poniendo el almohadón dentro de la bolsa. Los hombres y las mujeres en el suelo estaban todos quietos y cagados, como corderitos. Para asustarlos más dije, al puto que se mueva le reviento los sesos.
Entonces, de repente, uno de ellos dijo, con calma, no se irriten, llévense lo que quieran, no haremos nada.
Me quedé mirándolo. Usaba un pañuelo de seda de colores alrededor del pescuezo.
Pueden también comer y beber a placer, dijo.
Hijo de puta. Las bebidas, las comidas, las joyas, el dinero, todo aquello eran migajas para ellos. Tenían mucho más en el banco. No pasábamos de ser tres moscas en el azucarero.
¿Cuál es su nombre?
Mauricio, dijo.
Señor Mauricio, ¿quiere levantarse, por favor?
Se levantó. Le desaté los brazos.
Muchas gracias, dijo. Se nota que es usted un hombre educado, instruido. Pueden ustedes marcharse, que no daremos parte a la policía. Dijo esto mirando a los otros, que estaban inmóviles, asustados, en el suelo, y haciendo un gesto con las manos abiertas, como quien dice, calma mi gente, ya convencí a esta mierda con mi charla.
Inocencio, ¿ya acabaste de comer? Tráeme una pierna de peru de ésas de ahí. Sobre una mesa había comida que daba para alimentar al presidio entero. Comí la pierna de peru. Cogí la carabina doce y cargué los dos cañones.
Señor Mauricio, ¿quiere hacer el favor de ponerse cerca de la pared?
Se recostó en la pared.
Recostado no, no, a unos dos metros de distancia. Un poco más para acá. Ahí. Muchas gracias.
Tiré justo en medio del pecho, vaciando los dos cañones, con aquel trueno tremendo. El impacto arrojó al tipo con fuerza contra la pared. Fue resbalando lentamente y quedó sentado en el suelo. En el pecho tenía un orificio que daba para colocar un panetone.
Viste, no se pegó a la pared, qué coño.
Tiene que ser en la madera, en una puerta. La pared no sirve, dijo Zequinha.
Los tipos tirados en el suelo tenían los ojos cerrados, ni se movían. No se oía nada, a no ser los eructos de Pereba.
Tú, levántate, dijo Zequinha. El canalla había elegido a un tipo flaco, de cabello largo.
Por favor, el sujeto dijo, muy bajito.
Ponte de espaldas a la pared, dijo Zequinha.
Cargué los dos cañones de la doce. Tira tú, la coz de ésta me lastimó el hombro. Apoya bien la culata, si no te parte la clavícula.
Verás cómo éste va a pegarse. Zequinha tiró. El tipo voló, los pies saltaron del suelo, fue bonito, como si estuviera dando un salto para atrás. Pegó con estruendo en la puerta y permaneció allí adherido. Fue poco tiempo, pero el cuerpo del tipo quedó aprisionado por el plomo grueso en la madera.
¿No lo dije? Zequinha se frotó el hombro dolorido. Este cañón es jodido.
¿No vas a tirarte a una tía buena de éstas?, preguntó Pereba.
No estoy en las últimas. Me dan asco estas mujeres. Me cago en ellas. Sólo jodo con las mujeres que me gustan.
¿Y tú… Inocencio?
Creo que voy a tirarme a aquella morenita.
La muchacha intentó impedirlo, pero Zequinha le dio unos sopapos en los cuernos, se tranquilizó y quedó quieta, con los ojos abiertos, mirando al techo, mientras era ejecutada en el sofá.
Vámonos, dije. Llenamos toallas y almohadones con comida y objetos.
Muchas gracias a todos por su cooperación, dije. Nadie respondió.
Salimos. Entramos en el Opala y volvimos a casa.
Dije al Pereba, dejas el rodante en una calle desierta de Botafogo, coges un taxi y vuelves. Zequinha y yo bajamos.
Este edificio está realmente jodido, dijo Zequinha, mientras subíamos con el material, por la escalera inmunda y destrozada.
Jodido pero es Zona Sur, cerca de la playa. ¿Quieres que vaya a vivir a Nilópolis?
Llegamos arriba cansados. Coloqué las herramientas en el paquete, las joyas y el dinero en la bolsa y lo llevé al departamento de la vieja negra.
Doña Candinha, dije, mostrando la bolsa, esto quema.
Pueden dejarlo, hijos míos. Los del orden no vienen aquí.
Subimos. Coloqué las botellas y la comida sobre una toalla en el suelo. Zequinha quiso beber y no lo dejé. Vamos a esperar a Pereba.
Cuando el Pereba llegó, llené los vasos y dije, que el próximo año sea mejor. Feliz año nuevo.
Sobre el autor.
Rubem Fonseca (Juiz de Fora, Minas Gerais, 11 de mayo de 1925) es un escritor y guionista de cine brasileño.

miércoles, 14 de febrero de 2018

UNA CANCION DE AMOR.

Chico en el barrio conoce a chico. Yo conocí a un flaco como el Hernan. Le decían el Topo, era demasiado flaco. Usaba chupines cuando se usaban los pantalones anchos. Le taché la doble cuando hizo un chiste desubicado sobre su madre. El Topo tendría 15 años y su vieja estaba embarazada y perdío al bebe. El dijo adelante de todos "se ve que mi viejo tenía la leche cortada". Si eso es una grosería desubicada en estos tiempos, imaginate lo que era en los setenta.  Era fascinante, pero a mi no me gustaba: me daba miedo. Bien podrían haberlo apodado el Sensei por esa época: se cagó muriendo de un cáncer hace unos años, fue pai umbanda, ladrón, cualquier cosa. un cachivache, pero los pibitos de entonces quedaban fascinados Los medianos, los nadie, armaron familia, tienen casa, son mas o menos como yo.

Vos que lees esto, escucha el Sensei. Hernan prende un faso, saca la tuquera, come una milanga... podria estar juntando piedras que para el que relata la acción de la canción sería lo mismo:Ponerle mostaza, masticar el sanguche, enceder la tuca se transforman en algo excelso. Si eso no es amor...
Resultado de imagen para los pibes de la esquina
Hernan podría estar contando un cuento, subiendo una montaña, levantando una pared como albañil, la fascinación seria igual

Por eso, en el día de los enamorados, el día de los berretines sin explicación, de los berretines que a veces uno mismo no se confiesa y están enterrarse en la cabeza e incluso a desaparecer de la conciencia... mi canción de amor preferida es el sensei.
También me parece que hago gala de la diversidad, de la no heteronormatividad, y cosas feministas e igualitarias (pero no va por ahi)
La posteo a ver si asi puedo olvidarme de estos coros que mi cabeza no deja de entonar.


martes, 13 de febrero de 2018

the chain



Casí no se de tus cosas.
Antes si.

Mutaron las fotos, con los hijos pequeños
y la luna mostrandose en la ría.
a otras que no compartimos en el celular
Guardo impreso un gráfico que es un mapa
donde me explicabas la distancia focal
tan exacto, como yo te concibo
y un hombrecito hecho con palotes
Cuando agarro la Nikon, siempre lo repaso.

y ahora vos que te pones a cumplir años
donde el viento ulula loco y hace que la gente se suicide
donde el mar argento marida  el continente
y lo amanceba, tan lejos de mi abrazo de amiga
La distancia entre nosotros es tan grande
que ningún avión nos juntaría
y sin embargo tejemos pequeños puntos cruz
para remendar lo roto.
Deambulabamos de Amberes al Transiberiano
como si fueramos Harry Potter.

Estás tan alto, tan
que si pusiéramos el mapamundi al revés
te plantarías de cabeza en la playa
y las aves del sur vendrían a picotearte
extrañadas

Una tarde crucé
la plaza de la avenida Córdoba
tratando de disimular que me reía
pero la risa me salía a borbotones por los ojos.

lunes, 12 de febrero de 2018

el carnaval del club

este cuento lo escribí en el 2009. Ya pasó mucho tiempo. Lo puede revisitar y aprovechando que es Carnaval, colgarlo en el Sirenas


En esas épocas Carlitos tenía seis años y para que el asunto  dejara de hacer un ruido complejo en su cabeza, tuvo que pasar mucha agua abajo del puente y en un momento no ser solo olvido.
Hoy, por ej. lo reversiona en su cabeza frente al pozo del cementerio, mientras espera que arrojen el ataud donde está su madre.El club ya estaba decadente, eso decían los grandes. Y debería ser así no más, siempre se llega tarde para la epifanía. Ocupaba unos dos lotes largos en el medio de la manzana, y en el fondo había anexado parte de los terrenos de vecinos de las cuadras laterales. La comisión directiva los había comprado por nada en los cuarenta.
En esa época, su infancia, el club tenía poco construído, la mayor parte era terreno. Entrabas por un pequeño salón donde la única reina era la mesa de billar de madera maciza, (el ataúd, ¿será de madera maciza?) con finísimo paño verde, y en las esquinas aguardaban tizas azules con agujeros en el medio, tizas hembras, solo un poco mas grande que un terrón de azúcar,para ser oradadas por el taco, y en las paredes, alineados, hermosos, ellos, los tacos de billar, con incrustaciones de nácar (me dijeron que las manijas incrustadas eran de verdadero bronce).
Alguno de los presidentes piratas que vinieron después se deben haber alzado con esas glorias, con el motivo de su inutilidad. Gente que no era del barrio.
De allí se pasaba al salón para socios, vitrinas con trofeos y banderines, mesas (también macizas) y sillas donde ya se sentaban por aquella época señores mayores que usaban sombrero, con sus ceniceros de propaganda de Gancia, de lata, y porotos y cartas y cigarros y cigarrillos. Era un sitio de varones. Un cartel enlozado daba aviso de que estaba absolutamente prohibido salivar de acuerdo la ordenanza municipal. Coronando el lugar una gran heladera mostrador llena de gaseosa y cerveza y sobre ésta frascos de vidrios con maníes y cosas que ya no recuerdo, cosas que se llevo el tiempo. El cura habla del Tiempo, pero Carlitos no lo esta escuchando.
Atrás de la heladera, del lado del encargado, un esqueleto de madera que elevaba el piso, y que dejaba claro la jerarquía entre socios habitúes (que podían pasar tras el mostrador) e invitados. Al costado de este buffet (así lo llamaban) un pequeño pasillo y la secretaria del club, donde se reunía la comisión directiva y una puerta que daba a la cancha. Cancha sin techar, cancha de baldosas rojas, al aire libre, y un alambre de gallinero cercándole el perímetro. Exoticamente estaba marcada y tenía arcos de basquet, pero nadie allí jugo nunca al basquet.
Al costado estaba la cancha de bochas, muy larga, con sus elementos de juego, y un pisón, un enorme rodillo con el que aplanar la tierra. Y de tierra somos y a la tierra vamos.
Todo esto limitaba al fondo con un gran escenario construido, que por esas épocas carecía de telón, pero no me queda ninguna duda de que en algún tiempo lo tuvo. Ese escenario con sus dos vestuarios (hombres y mujeres, o quizás damas y caballeros) a los costados, y para abajo, levemente subterráneos, con duchas y baños era inexplicable allá por el tiempo de este relato, para Carlitos que había nacido promediando los cincuenta.
Frente al agujero donde iba a ser tirado el cuerpo de su madre en un cajón lustrado, con manijas de bronce incrustadas Carlitos pensó que ese escenario tenia que ver con berretines de cultura, danzas folklóricas, teatro vocacional, vaya uno a saber. En los carnavales del club servia para que el animador dijera sus glosas, y se atropellaran mascaritas y guarangos. El cura también dice glosas ¿no es verdad?
A Carlitos no le gustaban los carnavales. Los grandes decían que carnavales habían sido los de antes. Le tenía miedo a las mascaritas, a los varones vestidos de mujeres que mariconeaban en la calle cuando se sentaba en el banquito con su abuela a ver pasar la vida, también en carnaval.
No entendía la lógica de esos caretones de cartón horribles. No entendía el frenesí que le entraba al barrio, si eran los mismos de siempre mas sus parientes que no tenían la suerte de tener un club, eran los mismos de siempre pero un poco distintos, olorosos de colonia Marie Stuart, vestidos de domingo. Una fiesta que empezaba con las barras de hielo enormes que los grandes iban a comprar a la fábrica y que se traían envueltas en arpillera de las bolsas de papas.
Primero las barras de hielo, y después ir al club a embolsar papel picado, azul, azul violeta, que mas tarde juntaria con los otros chicos, para volver a tirar.
El club se vestía para la ocasión, banderines de plástico y bombitas de colores cruzando la cancha de básquet, mesas de latón, que el resto del año se guardaban cruzadas sus tijeras en los vestuarios subterráneos. Con los feos caretones monstruosos, la bebida fría, los panchos de piel gruesa y mostaza, que definitivamente iban a ser su cena y su vomito de la noche, en la plenitud de la fiesta, Carlitos tuvo un mal presagio.
En el cielo de la cancha, mas arriba de la telaraña de banderines y bombitas, la luna redonda y amarilla, vigilaba.
Esa tarde se la paso en la peluquería, haciéndole el turno a la madre, que luciría un batido y su mejor pilcha. No importaba que fuera varón, no zafaba de eso. La peluquería era un cuarto grande, en la parte de atrás de la casa de la Gladys.
Ese año Carlitos ya no iba disfrazado. Pero de mas chico había sido alternativamente luchador de cachacascan, corsario, llanero solitario, marinero. Los carnavales no eran lo que antaño y la nueva ola iba dejando obsoleta la costumbre del disfraz. Ahora todos eran modernos: Trini López, Nat King Coll, Quique Guzman los reyes de la noche. Hasta había ensayado con su prima grande, un baile de Violeta Rivas que había hecho en la Escala Musical ¿de que me sirve el latín, no se no se?
El club estaba lleno, por suerte la comisión podía respirar aliviada. No seria como los carnavales de antes, pero se habían vendido todas las rifas y hubo que sacar hasta las mesas del buffet para que se sentaran los que siempre llegaban tarde. Y Carlitos, entre que había llenado bolsas y bolsas de papel picado y el turno en lo de la Gladys, para el batido materno había llegado al cenit de la fiesta darse cuenta.
Se había cruzado temprano, por que en la casa todo era nervio, como siempre. Y cuando pudo zafar el sopapo cotidiano, e ir al club es como si hubiera pasado un umbral.Simplemente lo habían mirado cruzar la calle. Alguna vecina estaría atenta, la vida era publica y todo el mundo conocía tu pedigrí.
Only you…los Plateros y ya estaban sentadas como enanos de jardín de yeso, las viejas que no iban a mover el culo en toda la noche.
Put your head on my shoulder y el piso era un tapiz de chapitas de cerveza, pan de panchos y el consabido papel azul/violeta picado que ella había ayudado a embolsar
…y de compañera, oh oh oh, una mujer y en la pista no cabía un alfiler y los atorrantes de la cuadra lo vinieron a buscar para jugar a la escondida, mientras se armaban nuevas parejas en la pista de baile, los gallegos pedían paso doble, los viejos tango y la juventud de entonces se hacia dueña de los discos a pasar, esos viejos discos de pasta, junto a algunos nuevos 33 revoluciones.
Todo daba vuelta como una calesita y Carlitos se metió en el vestuario de mujeres, debajo del escenario, que olía a humedad. La luz del afuera reverbera en esas paredes donde había un dibujo de un negrito con hueso en la cabeza y una inscripción: Lumumba. El lugar no daba miedo, pero era otra galaxia. Una galaxia donde el carnaval quedaba lejos, o era solo un ruido, o era Rita Pavonne cantando el baile del Ladrillo.
Ahora era el momento en que había que tirar un poco de tierra arriba del cajón y flores y todo el mundo empezaba a abrazarlo.
Carlitos se sintió el rey del subsuelo, nadie lo buscaba y posiblemente entre el lió del afuera esa escondida iba a terminar con alguien diciendo Sangre, una contraseña donde había que barajar y dar de nuevo, saliendo del escondite, por bueno que fuera.
Allí llegaba el ruido de las canciones, los gritos del carnaval, el olor de la parrilla, mezclado con el olor de la humedad del breve subsuelo, pero también atravesando todo, un rumor de enaguas, de ropa un sonido clap clap mucho mas cercano.
Ahora cantaba Neil Sedaca Oh Carol!!! y era hora de irse de allí, no sea cosa que el padre dejara de servir chorizos y preguntara donde estaba y empezara una cacería que terminaría inevitablemente en una paliza. Carlitos empezó a hacer ruido, para espantar a la rata que jadeaba, o chillaba o la rata de podía ser tan grande como esos caretones de cartón pintado. La rata que estaba en la parte mas profunda del vestuario debajo del escenario donde el animador vocacional entonaba una glosa pidiendo un aplauso para la esposa del presidente, y entregándole un ramo de claveles.
Todo eso escuchaba Carlitos, mientras del fondo del vestuario salía a medio vestir su madre, con el batido deshecho y el chico grande de doña Celia abrochándose la bragueta. Carlos, vamos no hay nada mas que hacer aqui le dijo su esposa, llevándolo del cementerio. No había nada que hacer aca, le había dicho su madre aturdida el último carnaval que festejaron en el club, mientras el ruso gritaba Sangre y eso quería decir que había que empezar de cero a jugar otra vez a la escondida.

domingo, 11 de febrero de 2018

el matrimonio es también un barco quieto

Barco quieto


No te vayas, te lo pido,
de esta casa nuestra donde hemos vivido.
Qué nostalgia te puedes llevar
si de la ventana no vemos el mar.
Y afuera llora la ciudad
tanta soledad.

Todo cansa, todo pasa,
y uno se arrepiente de estar en su casa,
y de pronto se asoma a un rincón
a mirar con lástima su corazón.
Y afuera llora la ciudad
tanta soledad.

No te vayas,
quédate.
que ya estamos de vuelta de todo
y esta casa es nuestro modo
de ser.


Tantas charlas, tanta vida,
tanto anochecer con olor a comida
son una eternidad familiar
que en un solo día no puede cambiar.
Y afuera llora la ciudad
tanta soledad.

Estos muros, estas puertas,
no son de mentiras, son el alma nuestra,
barco quieto, morada interior
que viviendo hicimos, igual que el amor.
Y afuera llora la ciudad
tanta soledad.


algo viejo que merece volver a leerse.

cateterismo

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